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Dolor, desconfianza y el deseo de automedicarse conducen a tragos más fuertes en bares gay

Baltimore — Robert Lynch daba por sentado que todos los bares servían las mismas bebidas potentes a las que estaba acostumbrado a tomar en los bares LGBTQ del vecindario de Mt. Vernon, en Baltimore.

Hace seis meses se mudó y notó una gran diferencia en los bares.

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“La mitad de las veces que salgo a Mt. Vernon apenas puedo terminar un trago”, dijo riendo. “Los bares gay definitivamente sirven abundante. Me di cuenta de que podía tomar tres o cuatro copas yendo a bares heterosexuales frente a ir a un bar gay y tomar una o dos”.

Lynch, de 36 años, grabador y decorador de prendas de vestir que se identifica como gay, dijo que la sensación de comunidad unida en los bares LGBTQ se presta a que se sirvan generosas raciones de alcohol.

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“Intentan hacerlo acogedor”, explicó. “Se trata de una comunidad y de una forma de hacer que sus clientes vuelvan”.

En los bares y clubes gays del área de Baltimore existe la expectativa entre los clientes fieles de que los cantineros tengan una mano pesada a la hora de servir el alcohol. Se llama “el vertido gay” y se ha convertido en un sello distintivo de la experiencia de la vida nocturna gay. Aunque se debate sobre los inicios de esta tendencia o las razones que la sustentan, no se puede negar que el servir más alcohol es algo que existe en los establecimientos LGBTQ.

Hay varios bares cuya clientela es mayoritariamente heterosexual en los que se sirve mucho, aunque suelen ser bares de vecindario. Algunos sugieren también que los establecimientos heterosexuales tienden a ser propiedad de empresas y, en consecuencia, tienen que seguir ciertas normas que dictan la cantidad de alcohol que se puede dar a los clientes.

J Stratton, cantenera en The Manor Restaurant and Ultralounge en Mount Vernon, prepara un cocktail en el bar el 5 de febrero de 2022.

Pero en los establecimientos LGBTQ —ya sean bares de lujo o de mala muerte— la constante de un vertido abundante existe en todo momento.

Myoshi Smith trabajó cuatro años como cantinera en Brooklyn. Era conocida por sus copas abundantes y sus clientes LGBTQ solo venían si ella trabajaba.

“Lo llamaban el ‘Myoshi pour’”, dice esta residente de Pigtown, de 33 años, que ahora trabaja como especialista en mejora de relaciones. “Creo que es querer que la gente se suelte más rápido y se divierta más. Uno no está en un dormitorio universitario. Pero todos hemos estado en lugares en los que no se saborea el alcohol”.

Para William Merling, un residente de 28 años de Mt. Vernon, los bares gay —y las copas que vienen con ellos— proporcionan una seguridad y una familiaridad que no ve cuándo va a bares heterosexuales en otros vecindarios como Fells Point.

“Es más fácil entablar una relación con un cantinero en un bar gay”, explica. “Es una sensación de comodidad. Sabes que vas a estar rodeado de gente con antecedentes e intereses similares”.

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Merling, quien trabaja como gerente de contratación de personal sanitario y se identifica como gay, dijo que el hecho de que los tragos sean más pesados en un bar gay se relaciona con las relaciones más estrechas que se establecen en los bares gay.

“Nos relacionamos con las mismas cosas. Nos abrimos los unos a los otros”, dijo. “Con un cantinero heterosexual siempre existe ese tipo de incomodidad. No sabemos quién va a aceptar o quién va a estar de qué humor”.

Diferencia en cantidades

De pie tras la elegante barra de madera y mármol de estilo art decó, J. Stratton está en su elemento. Sin dudarlo, toma una botella y vierte una gran cantidad de ron de color caramelo intenso en unos enormes y altos vasos cilíndricos.

No fue hasta que Stratton trabajó en The Manor, un establecimiento de propiedad y gestión LGBTQ en Mt. Vernon, 12 años después en su carrera como cantinera, cuando se dio cuenta de que había una diferencia en la cantidad de alcohol servido en cócteles y caballitos.

“La primera vez que saqué un jigger, un cliente me dijo: ‘En todos mis años de beber nunca había visto eso’”, dijo.

Stratton estudió rápidamente. Enseguida le dijeron: “Chica, más vale que sepas servir”.

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También recuerda la vez que una pareja heterosexual en una cita que estaba cenando en el bar se quejó de que había demasiado alcohol en sus bebidas: “Si eres del tipo de Applebee’s, quizá no puedas beber nuestros cócteles”.

A unas cuadras de distancia, en el corazón del “vecindario gay” de Baltimore, en Leon’s, que presume de ser uno de los bares gays más antiguos del país, los clientes esperan bebidas de la hora feliz al dos por uno hasta las 9 p.m., horas más tarde que los bares que ofrecen la hora feliz hasta las 6 pm o 7 pm. Cuando termina la hora feliz, esos clientes siguen esperando que los cócteles aparezcan casi transparentes debido a la falta de mezcladores combinados con una abundante porción de alcohol.

A Joseph Bryan, cantinero desde hace tiempo, le gusta el enfoque sin olán que adoptan los cantineros de Leon’s a la hora de servir las bebidas. “Aquí no encontrarás martinis de lujo”, dice. “Servimos un licor y un mezclador”.

Bryan recuerda que empezó a trabajar en Leon’s hace más de una década: “Los clientes me gritaban porque los cantineros mayores servían bebidas más fuertes. Aprendí rápido”.

Robert Gay, copropietario de The Manor, dijo que sus clientes le dicen que pueden notar la diferencia en la fuerza de las bebidas en su establecimiento con respecto a otros bares heterosexuales.

“Aquí servimos una cuenta extra de dos segundos. Otros bares sirven un segundo de cuenta”, dijo.

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Gay subrayó de inmediato que el vertido gay no afectaba a la cuenta final del establecimiento, ya que la mayoría de los tragos más fuertes se servían con licores “rail”, que son las marcas menos caras.

De hecho, Gay dijo que su mayor gasto son los jugos, los amargos, los mezcladores y las guarniciones usadas para los cócteles artesanales.

Chasmin “Chazz” Johnson tomó un gran sorbo del brebaje morado que preparó Stratton y exclamó: “Siento que mi dinero valió la pena. En algunos lugares me siento engañado. Aquí, pruebo el alcohol. Pero también saboreo los otros ingredientes”.

La amiga de Johnson, Kelli Singleton, tomó un sorbo del mismo cóctel.

“Me emborracharía con eso en un santiamén”, dijo mientras hacía una ligera mueca de dolor y tomaba otro sorbo.

Johnson, que también es cantinero en The Manor, pero que era cliente esa noche, equipara un vertido más fuerte con la creación de buena voluntad con los clientes.

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“No encontrarás este tipo de cariño en ningún otro sitio. Aprecio el servicio. Se nota que la gente lo aprecia y que sienten que su dinero vale la pena. Creo que el vertido gay debería ser el vertido estándar”, afirma.

Automedicación

Los orígenes del “vertido gay” revelan décadas de dolor, desconfianza y deseo de automedicarse.

En Leon’s, Bryan dice que el vertido gay es casi una forma de supervivencia para los clientes.

“Es porque la experiencia gay es mucho más dura que la de los demás”, dijo Bryan. “Nos enfrentamos a la homofobia, al racismo y a la falta de respeto del día a día. Necesitamos una mayor liberación”.

Lynch teoriza que es probable que los miembros de la comunidad LGBTQ recurran a los cantineros y a las bebidas como forma de terapia porque desconfían de la industria médica, en gran parte por el modo en que han sido tratados por ella en el pasado.

“Durante mucho tiempo, ser gay fue tratado como una enfermedad mental. Ha tenido un gran estigma entre la población gay. Existe esa aprensión”, explicó. “Prefiero medicarme por mi cuenta a que me digan que me pasa algo. No conozco a muchos amigos gays que busquen ayuda incluso cuando la necesitan”.

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La comunidad LGBTQ ha evitado tradicionalmente usar los servicios sanitarios porque los miembros del sector pueden desconocer las necesidades específicas de este grupo o pueden discriminarlos, lo que probablemente les lleva a buscar la automedicación, según Karah Moody, coordinadora del programa LGBTQ en el centro de tratamiento River Oaks, cerca de Tampa, Florida.

Según American Addiction Centers, el 21% de los pacientes transgénero y el 10% de los que se identifican como gays, lesbianas o bisexuales han experimentado un lenguaje duro o abusivo, y al 27% de los pacientes transgénero se les ha negado la atención de los servicios sanitarios.

“Tanto si la discriminación es manifiesta como si no, el entorno inhóspito en general influye significativamente en la probabilidad de que ese paciente busque atención médica”, dijo Moody.

“La automedicación a través del alcohol y/o las sustancias en la población LGBTQ suele derivarse de los traumas que han experimentado o son estrategias de afrontamiento evasivas que han desarrollado con el tiempo”, añadió Moody. “Los miembros de la comunidad LGBTQ no empiezan a beber o a consumir sustancias con la intención de desarrollar un hábito, sino que a menudo lo usan para adormecerse. El consumo de sustancias también puede actuar como una forma de escapismo”.

Smith dijo que tenía sentido que sus clientes acudieran a ella como una forma de terapia.

“Buscamos quitarnos de encima los nervios —y a veces demasiado”, dijo Smith.

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Smith dijo que el acceso era una de las principales razones por las que los grupos marginados buscaban amortiguar las presiones del mundo a través del alcohol.

“Era difícil encontrar a alguien en su red. Tienes que tener el dinero. Puede que no tengan dinero o que no estén en la red. Pero seguro que tienes acceso a tu cantinero queer”, explicó. “Los cantineros son conocidos por tener un oído atento y un corazón sin prejuicios. Al fin y al cabo, todas las personas buscan ser vistas, escuchadas y validadas. Eso es lo que realmente se consigue en el bar”.


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