Explotando la desesperación de jóvenes madres como la hondureña Ana Isabel Ramos, los traficantes de personas han avivado la inmigración ilegal desde Centroamérica a Estados Unidos con falsas promesas de residencia.

Para costear la odisea hacia el norte, la familia de Ramos prometió a los traficantes -conocidos como coyotes o polleros- su humilde casa en una zona rural de Honduras que vale 6,000 dólares si lograban llevarlas a ella y su hija a Estados Unidos.

Las cosas no salieron como pensaban: Ramos y su niña de cuatro años fueron detenidas en México y fueron enviadas de vuelta a casa después de haber hecho el pago inicial de 450 dólares a los coyotes.

Desde hace años la violencia de las pandillas y del crimen organizado, sumada a una frágil economía que no genera muchas oportunidades, han empujado a hondureños, salvadoreños y guatemaltecos a partir.

Pero la migración en los últimos meses ha crecido, sobre todo de menores que viajan solos, mientras los coyotes siembran la falsa promesa de que los niños que logren llegar a tierra estadounidense podrán quedarse.

"El coyote es un hombre de negocios y quiere ganar su dinero", dijo Mono, como se hace llamar un traficante en Guatemala. "Si uno llega y le pregunta al coyote '¿pero voy a poder legalizarme?' el coyote va a decir que sí, aunque sean mentiras".

Los polleros pueden cobrar hasta 30,000 dólares para llevar a un niño a Estados Unidos, pero usualmente piden unos miles.

Mono cobra 200 dólares por persona por llevar inmigrantes en una parte del camino, desde Ciudad de Guatemala a la frontera guatemalteca con México, en un negocio que mueve cientos de millones de dólares por año y en el que cárteles de la droga mexicanos como los Zetas tienen una tajada.

Desde octubre del 2013 hasta el 15 de junio, Estados Unidos detuvo a 52,000 menores de edad que ingresaron desde México, el doble que en el mismo periodo del año anterior. Se cree que decenas de miles lograron quedarse.

Esto provocó reacciones en Estados Unidos acerca del destino de los niños y reavivó el debate sobre la inmigración ilegal.

"El coyote que vive en nuestro pueblo me dijo que si llevaba el niño y cruzaba la frontera, una vez allá me dejarían seguramente a mí y a mi hijo, porque hay una ley en Estados Unidos en la que se apoya a los niños", dijo Ramos en El Suyatal, un pueblo a 76 kilómetros de Tegucigalpa.

"Voy a intentar nuevamente irme a Estados Unidos, sólo que ahora no voy a llevar a mi hijo", aseguró.

PUEBLOS FANTASMAS

El Suyatal se ha convertido casi en un pueblo fantasma después de una ola tras otra de emigración, y hoy está habitado en su mayoría por mujeres y hombres adultos. Los jóvenes se han ido hacia Estados Unidos y envían remesas para sostener a sus familias.

En México, que tiene una economía más desarrollada que las centroamericanas, también hay pueblos casi fantasmas. Ancianos en casas a medio construir esperan que los hombres vuelvan después de años de ganar en dólares en el país del norte.

Los cambios en las políticas estadounidenses de los últimos años han contribuido a una confusión que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, últimamente ha tratado de aclarar. El mandatario dijo recientemente que los niños no son elegibles para legalización en un proyecto de ley enviado al Congreso.

Las deportaciones de niños desde México y Estados Unidos hacia Honduras se dispararon desde 4.191 en todo 2013, hasta 4,699 en el primer semestre del 2014 debido a la masiva inmigración de menores, según datos del estatal Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia (IHNFA).

Miles de personas se esfuerzan por huir de la violencia de las pandillas que azota al empobrecido país. Honduras ostenta la tasa de homicidios más alta del mundo con 90,4 por cada 100.000 habitantes, según datos de la ONU.

Sólo en el 2013, cerca de 73.000 hondureños fueron deportados tras ingresar ilegalmente a México o a Estados Unidos según datos del gobierno hondureño.

INTENTOS FRUSTRADOS

Los riesgos abundan en el viaje hacia el norte: robos, asesinatos, accidentes con caídas en trenes que transportan mercancías y abusos sexuales.

Cuando el joven hondureño Eduardo Medina trató de llegar a Estados Unidos en el 2008 a sus 16 años, fue derribado por la rama de un árbol de mango de la parte superior del tren de carga mexicano llamado 'La Bestia' por los que emigran. Cayó sobre los rieles y su brazo derecho fue cortado por las ruedas.

Pero esa tragedia no lo hizo desistir. Después de cuatro nuevos intentos, finalmente llegó a Estados Unidos en el 2010.

"Fui con varios mexicanos y guatemaltecos y llegué hasta San Francisco. Ahí trabajé, busqué trabajo en la construcción y no me dieron, y me dediqué en las calles a vender piedras de crack", explicó Medina sobre cómo se las rebuscaba para enviar dinero a su casa.

Un par de años después, regresó a su pequeña comunidad rural hondureña de Siria para abrir una pequeña tienda.

Desde 2011, las remesas a Honduras, El Salvador y Guatemala han crecido anualmente en un promedio de más del 10 por ciento.

Pero las historias de intentos frustrados por llegar a Estados Unidos abundan.

Deportado en el 2009 junto con su familia a Guatemala desde Iowa después de una estancia de cinco años en Estados Unidos, el padre de Alison Gómez, de 14 años, regresó el año pasado al país del norte y ella anhela unirse a él para escapar de la miseria.

Su padre Fidelino pagó a coyotes alrededor de 17,500 dólares para llegar con su familia a Estados Unidos por primera vez, y otros 6,200 el año pasado. Los coyotes les dijeron que los niños tendrán visas si cruzan la frontera.

"Yo lo que he escuchado es que en el camino agarran a las mujeres y abusan de ellas", dijo Gómez en su humilde vivienda familiar en el pequeño pueblo de agricultores de San José Calderas, a unos 65 kilómetros de Ciudad de Guatemala. "Y hay algunos a quienes secuestran y piden una cantidad de dinero y los que no pueden pagar los matan".

"Por eso me da miedo, pero aquí no hay nada. Yo no quiero regresar de ilegal, yo prefiero regresar legalmente, pero hemos hablado (con mi mamá) de ir con coyote otra vez", agregó.

Mujeres y niñas toman anticonceptivos de forma preventiva ante el riesgo de violación. Cerca de la ciudad mexicana de Mexicali, fronteriza con Estados Unidos, violadores toman las bragas de las niñas como trofeos y las cuelgan en lo que se conoce como el "árbol de los calzones".

El sexo también es una moneda.

"Yo una vez lleve tres hondureñas, bien pero bien lindas las mujeres, mujerones de la calidad más alta", dijo Mono. "Una de ellas me dijo 'porfis llévame a los Estados Unidos y yo seré tu mujer todo el camino papi'. Pero yo no entro a México, entonces se la entregué a mi contacto y de allí no sé que pasó.

(Editado en español por Anahi Rama y Miguel Angel Gutiérrez)