Chile, grata sorpresa de América Latina

Hacia dos años que no venía de vacaciones a Chile, y regresar me provocó algunas reflexiones. Especialmente porque puedo comparar cosas con la última vez que estuve aquí.

Lo primero es una sensación que experimento cada vez que vengo a este país, en el cual vacaciono con mi familia desde hace casi 20 años. Es la idea de que siempre hemos encontrado algún avance material. Como vivo en Argentina, que es el país de los grandes altibajos, eso es un dato que agrada y sorprende. En Chile, las carreteras, las estaciones de servicio, las construcciones crecen año tras año, a un ritmo quizás no vertiginoso pero sí constante.

Esto podría ser normal para lectores de Estados Unidos o Europa, pero tal vez desde la última crisis estén cayendo en cuenta de que el progreso lineal no es algo asegurado.

Si algo aterra hoy, especialmente a los europeos, es la posibilidad (bastante cierta) de que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los hijos de la actual generación vayan a vivir peor que sus padres. Porque después de décadas de bonanza ininterrumpida hoy se están desayunando de que el crecimiento material permanente no es algo que pueda darse por sentado.

En Chile hay algo que sí puede darse por sentado: su civilidad. Me sorprende el nivel del debate político, el respeto a las leyes y a las normas, y la continuidad de unas bases económicas que se respetan.

Chile es una de las economías más abiertas del mundo y ya tiene tratados de libre comercio con todos los grandes bloques económicos. Algunos se quejan y dicen que "debería priorizar a sus países vecinos". Pero otros argumentan que de ese modo garantizan mercados y estabilidad a sus empresarios, para comerciar con ventajas aduaneras prácticamente en el mundo entero, y así sobrellevar los vaivenes de los demás países.

Cuando analizo lo anterior, en el fondo me estoy asombrando de la estabilidad de Chile. Porque, claro, vengo de Argentina. Y cuando comparo el derrotero de ambas economías en las últimas 20 años sólo puedo agarrarme la cabeza.

En ese tiempo mi país pasó de ser una de las economías más abiertas a una de las más cerradas del mundo.

Cuando empecé a venir de vacaciones a Chile, un peso argentino equivalía a un dólar y se podían importar productos con total libertad. Este año tuve que pedir permiso al organismo fiscal para que me vendiera divisas chilenas al precio oficial, porque en Argentina ya no se pueden comprar divisas. Y en los supermercados chilenos he vuelto a ver productos importados que hace meses desaparecieron de Argentina, porque nuestra balanza comercial se mantiene positiva por el simple expediente de trabar las importaciones.

Junto con Chile uno puede ver que en Sudamérica también se mantienen estables Brasil y Uruguay. En uno, Dilma Rousseff, ex guerrillera y socialista, mantiene la inflación a raya y encabeza una cruzada admirable contra la corrupción.

En otro, José "Pepe" Mujica, también ex guerrillero y socialista, se afianza como un presidente afable, sencillo, que lleva tranquilo las riendas de su país.

Cuánto me gustan los países que transitan con paso tranquilo y reglas de largo plazo…

Mauricio Llaver es director de la revista Punto a Punto en Mendoza, Argentina.

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