Opinión: ¿Cuál es el verdadero valor literario de Bob Dylan?

Analizamos la designación de Bob Dylan como Premio Nobel de Literatura

Hace seis días, cuando corrimos en medio de una inmensa explanada cubierta de polvo y atestada de gente porque se nos estaba haciendo tarde para llegar a tiempo al inicio del concierto de Bob Dylan en el ya histórico festival Desert Trip, que se llevó a cabo el fin de semana pasado en Indio, California -y que se repite con los mismos artistas y el mismo orden desde mañana hasta el domingo que viene-, no imaginábamos recibir la noticia de la que nos enteramos hoy.

Con esto nos referimos, obviamente, a la designación de Dylan (cuyo nombre de nacimiento es Robert Allen Zimmerman) como Premio Nobel de la Literatura, que ha entusiasmado a sus numerosos seguidores pero ha despertado gritos de descontento entre varios puristas de esta disciplina, para quienes el cantautor estadounidense no se encuentra a la altura de los grandes escritores que plasman su arte directamente en el papel. No cabe duda de que, pese al paso del tiempo, no faltan quienes ven a Dylan como un simple rockero o, a lo más, como un folklorista llamativo pero sin méritos suficientes como para pretender acceder las grandes ligas establecidas por la Academia Sueca.

Lo cierto es que, para nosotros, el oriundo de Duluth, Minnesota, siempre ha sido un personaje enigmático y difícil de entender, no solo porque pasó del idealismo abierto que mostraba en los ‘60 (plasmado en ‘clasicazos’ como “Blowin’ in the Wind” y “The Times They Are a-Changin”, convertidos pronto en himnos de los activistas por los derechos civiles) a un desconcertante rechazo de los ideales libertarios y a una adopción del cristianismo que se transformó luego en judaísmo conservador, sino sobre todo porque, mientras crecíamos en Latinoamérica, sus letras, supuestamente magistrales, nos resultaban distantes.

Esto se debía probablemente a nuestro imperfecto manejo del inglés, es decir, una circunstancia que afectaba también nuestro entendimiento de otros mensajes contenidos en el rock anglosajón, pero que en su caso era más grave porque estaba claro que la ‘pegada’ del hombre dependía mayormente de las palabras que enunciaba (no es un secreto para nadie que su voz nunca fue privilegiada).

Al llegar a Estados Unidos y empezar a mejorar en el dominio de la lengua oficial, retomamos la misión de analizar a Dylan, porque sabíamos de su trascendencia y tuvimos la oportunidad de verlo un par de veces en vivo; y si bien no hemos sido todavía capaces de descifrar por completo sus particulares modos poéticos, sentimos de alguna manera su grandeza, enlazada a diversos creadores contemporáneos y clásicos, y extendida además a volúmenes de texto en los que se incluyen poemas no musicalizados, trabajos de arte pictórico y un celebrado libro de memorias.

En ese sentido, todo parece indicar que el talento del señor no es puesto en duda, aunque habría que hacer una investigación mayor para saber si las acusaciones de que ha ‘robado’ numerosos elementos de otros autores (un reclamo que se le ha hecho a numerosos ‘blueseros’ y rockeros) tienen algo de cierto.

En realidad, creemos que la antipatía que algunos sienten por él tiene que ver más con sus actitudes y su personalidad, que nunca han sido predecibles; recordamos por ejemplo una entrevista de hace algunos años en la revista Rolling Stone en la que se burlaba de los ideales de cambio que supuestamente apoyó en su juventud, así como lo hacía de los fans que se desilusionaban porque acudían a sus conciertos actuales para enfrentarse a un repertorio carente de éxitos en el que, además, las pocas piezas populares que se presentaban llegaban al escenario completamente transformadas.

Para algunos, esto puede ser visto como arrogancia; para otros, se trata del derecho que tiene un maestro del nivel de Dylan para seguir explorando los caminos que considere necesarios, pese a que su rol como agente de opinión en la realidad actual no sea precisamente destacado. Durante su última gira, Dylan estuvo incluyendo una sola canción de reconocimiento inmediato, para ofrecer en cambio ‘covers’ de Frank Sinatra y otras adaptaciones de compositores anteriores a él mismo que dejaron con los crespos hechos a las audiencias.

Y, sin embargo, el veterano parece estar muy consciente de lo que hace, ya que el concierto del viernes pasado en Indio, al que asistieron cerca de 70,000 personas, no lo vio tomando la guitarra (hace mucho que no lo hace sobre un escenario, porque prefiere quedarse detrás del piano), comunicándose con los asistentes (no dijo absolutamente nada) ni rompiendo su caprichosa regla de que no se le hagan fotos de prensa, pero sí lo encontró eligiendo una inusual lista de piezas distintivas entre la que figuraron “Rainy Day Women #12 & 35”, “Highway 61 Revisited”, “Tangled Up in Blue” y, por supuesto, “Masters of War”, una poderosa proclama pacifista que, en su caso, se mantiene completamente vigente.

Si no nos creen, miren lo que dice una parte de la letra (la traducción es nuestra): “Vamos, maestros de la guerra/Uds. que construyen las grandes armas/Uds. que construyen los aviones de la muerte/Uds. que construyen todas las bombas/Uds. que se esconden tras los muros/Uds. que se esconden tras escritorios/Solo quiero que sepan/Que puedo ver a través de sus máscaras/Uds. no han hecho nada/Que no sea construir para destruir”.

No sabemos si esto merece un Nobel, pero sabemos lo que nos transmite… y estamos de acuerdo con ello. Eso sí: no esperen que el autor agradezca o mencione al Nobel durante el concierto de mañana. Pero, si van, lleguen temprano.

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